El dolor no se mide por intensidad, sino por proximidad...
Un día, un afamado escritor gallego creó una pequeña pieza teatral drámatica, algo así como un entremés trágico experimental...
La obra constaba de dos partes, en la primera aparecía una rural y, sobretodo, muy humilde familia. En ella todos lloraban en torno al cadáver de una vaca, le rendían culto tal, como si de un familiar cercano se tratase. Y no era para menos, se les había muerto el sustento.
Entonces, en el teatro orensano donde se representó solo se oían risas desde el patio de butacas (donde estaban las clases altas de la ciudad) y en cambio, todo era drama y tristeza en el "galiñeiro" (lugar en el que se ubicaban las gentes mas humildes del pueblo).
Después, en la segunda parte, aparecía una acaudalada familia a la cual se les había muerto el perro. Ellos no eran del rural, eran unbanitas y además muy acaudalados. Sentían una gran pena por la muerte del perro...
Y no era para menos, se les fué la alegría de la casa. Mientras sucedían los diálogos, la situación era inversa, el patio de butacas lloró y lloró, o por lo menos se emocionaban. Pero esta vez no les acompañó el "galiñeiro" sino que, al revés, se reían del pijerio de los otros...
Una vez oída esta historia (Grazas Navaza), uno comprende mejor porqué se armó aquí una buena cuando lo del 11 de marzo, por ejemplo, y no se arma todos los días por los atentados de Irak en los que cada semana se manejan cifras muy superiores a las de Madrid, incluso a las de Nueva York. Y eso que dicen que la guerra ha acabado.
Ahora entiendo todo, solo nos duele lo cercano, cuando sentimos que nos puede pasar a nosotros, si algo ocurre lejos o quizás el perfil de las víctimas no coincide bien con el nuestro ni de coña, no nos afecta. Somos así de egoístas...
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